Bachata en Turquía

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Mientras esperaba el Uber tomé asiento en el inmenso lobby del hotel Hilton Istambul Bomonti, Estambul, Turquía. Faltaban veintitrés minutos para las nueve de la noche, hora reservada en un restaurante tradicional que el Google Maps ya ubicaba a seis cuadras de mi localización. 

La ansiedad del ocio me hizo tomar una de las revistas apiladas en la mesa. Al desplegarla, cayó de su interior una hoja suelta. 

Con fastidio la levanté y, al mirar la cara impresa, me sorprendió la publicidad sobre un taller de bachata. Tomé el volante y lo metí doblado en el bolsillo de mi chaqueta. 

Es que no era nada rutinario tropezarse con esto a miles de kilómetros de donde nació y se crio este ritmo. 

A la mañana siguiente marqué al número de la academia. Por puro morbo pregunté la nacionalidad del instructor. Ya me imaginaba conversando con un extrovertido dominicano, de esos “frescos” que andan alborotando la vida aun en el recodo más recogido del planeta. 

La respuesta no dejó de decepcionarme. Me dijeron que eran dos maestras: una húngara y otra uzbeka (de Uzbekistán). Corté la llamada antes de que me inquirieran sobre la intención de la pregunta. 

Ya sabía de clases de bachata en academias de España, Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, Países Bajos, Rumanía, Rusia, Suecia, Indonesia, Taiwán, Japón, Bali, Australia, Estados Unidos y en toda América Latina. De manera que lo de Turquía, si bien no agregó sorpresa, le arrancó un nuevo latido a mi orgullo. 

Al descansar mis lomos sobre el respaldo del sillón no pude reprimir los pensamientos sobre aquella cantina que a mis doce años empezaba a mostrarme las correrías de la bohemia adulta. 

Recuerdo pasar, camino al colmado, por la acera contraria, con aquel sigilo que casi me hacía invisible. Desde esa distancia ya percibía su nebuloso interior, apenas iluminado por una línea de neón que le daba silueta roja a la estantería del bar. 

Para mí era un lugar tan misterioso como profano, donde los machos acudían a hacer cosas que no entendía, pero mi mamá me remachaba, como tácito reproche, que eran perversas. 

En el patio trasero se levantaba una caseta desvencijada en tablas de pino con piso de tierra, desde donde salía, además del olor a orina rancia, el vocerío de las broncas entremezclado con los golpes secos de las bolas del billar. 

Y se escuchaba a seis cuadras el lamento de la vellonera cuando repetía hasta el desgaste una canción desesperada. 

El viento arrastraba el olor penetrante a cerveza, que corría envuelto en su voz quebradiza, mimosa y visceral. Muchos años más tarde supe su nombre: Luis Segura y su triste lamento como “No me tortures”. En su momento, creía que lo que escuchaba era un bolero de cuerdas, como los que solían cantar los tríos mexicanos, pero este tenía una marca emocional indescifrable que despertaba otra sensibilidad, profundamente dolorosa. 

Y pensar que ese ritmo clandestino que escoltara hace unas décadas su canto es hoy retrato de nuestra identidad en el mundo. Nacía entonces la bachata.

La bachata, declarada patrimonio cultural inmaterial de la humanidad el 11 de diciembre de 2019 por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), no es un mero baile regional, ya tiene categoría universal. 

Compite con los géneros más aclamados en el mundo de la danza moderna como el rock, rhythm and blues (R&B), electronic dance music (EDM), tecno, hiphop, reguetón, salsa, merengue, cumbia, reggae, flamenco, samba, bossa nova, belly dance y otros. Vive su momento más extático, animado por movimientos sensuales, mansas transiciones y sugerentes cadencias. 

De aquel canto de cuerdas amargas que suspiraba las perfidias de amor (entre el ron, la vellonera y el neón) apenas quedan nostalgias perdidas. 

Con Juan Luis Guerra no solo saltó al mundo, también se estilizaron sus letras y traducción musical. La grandeza de esta conversión tuvo un secreto: aprovechó un momento fértil. 

La década de los noventa, detonada por la mayor erupción del pop rock, ya buscaba nuevas identidades. Y empezaba a hacerlo de la mano de las fusiones, los experimentos y las innovaciones tecnoelectrónicas. 

La música de Juan Luis Guerra fue una respuesta inesperada. Esa poesía envuelta en ritmos alegres y seductores (merengue y bachata) desató pasiones hasta en el Lejano Oriente. Era la oportunidad de bailar, pero también de sentir. Y había llegado desde el corazón del Caribe.

La bachata no solo se ha quedado en el mundo, sino que, a diferencia del merengue, sigue su imbatible escalada. Y creo que parte de las razones hay que buscarlas en la adaptación. 

El ritmo y su baile no esperaron los años para rendirse a las demandas de las nuevas generaciones. Si bien Juan Luis Guerra la llevó a la cima a través de la poesía musical, era necesario bajarla a un punto de conexión menos elitista. La inflexión se logró oportunamente. No bien terminaba la década de los noventa ya asomaban lecturas urbanas del ritmo con Aventura (1988), Romeo Santos (2011), Prince Royce (2010), entre otros. Estas variantes, soportadas en sus inicios por boys band, conectaron con los mileniales por sus letras cotidianas y la incorporación de componentes electrónicos a su base rítmica. 

Pero no solo se adaptó la música, también su baile. Hoy, a nivel académico, se diferencian en el mundo modalidades distintas de ejecución: bachata dominicana (tradicional), urbana, sensual y bachatango. 

Con Aventura y Romeo Santos este ritmo se hizo negocio global. Con ellos la bachata no solo abrió lugares prominentes en las listas Billboard y europeas, sino que hoy hasta en Bangkok se tararea el estropeado español caribeño. Y es que somos inmensamente pequeños…

Abogado, académico, ensayista, novelista y editor.