Polo turístico de Punta Cana, 2 de 2

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Tuve la ocasión de asistir al carnaval de Punta Cana, celebrado el pasado sábado, 4 de febrero. Tengo familiares que viven en la zona y el desplazamiento me resultaba halagüeño, aparte de que sentía curiosidad por conocer el desarrollo de esa fiesta.

Al llegar se estaban colocando las tarimas contratadas por empresas importantes. Todo lucía bien organizado, señal de que existían dolientes que se ocupaban de que cada cosa estuviera en su lugar. Al fin y al cabo, se trata de un evento con proyección nacional e internacional que amerita de una organización comprometida con la excelencia.

Las comparsas desfilaron a través de la ruta habilitada sin que se interrumpiera su presentación, mientras el público se colocó en las tarimas o en las aceras sin bloquear la vía. Fue encomiable y exitoso el esfuerzo desplegado. Desfilaron comparsas locales, pero también de varias provincias y algunas del exterior, lo que hace presagiar que en el futuro habrá un intercambio regional susceptible de dar mayor colorido y profundidad a los carnavales de las comunidades.

Me quedé en el pequeño pueblo denominado The Village que surgió para facilitar alojamiento al conglomerado poblacional cuyas actividades giran en torno al proyecto turístico e inmobiliario de Punta Cana, pero que atrae a muchos otros intereses y personas. El residencial está dotado con entradas vigiladas, infraestructura y servicios, área comercial y de esparcimiento. No existen verjas que separen las viviendas de las calles o aceras. Es una réplica de villas de los Estados Unidos o de Casa de Campo, para clase media.

En ese lugar se vive un boom de construcciones, espoleadas por el pánico existencial causado por la pandemia. Dominicanos y extranjeros se dieron cuenta del beneficio de vivir en libertad en ambiente sano, seguro, con servicios apropiados, disfrute de espacio sin estrés ni bloqueo de tráfico. Esto ha facilitado la modalidad del trabajo a distancia, aparte de que alberga a gente relacionada con las actividades productivas de la región.

En Punta Cana, al igual que en su vecino Cap Cana, pude observar la transformación febril de inmuebles que en el pasado eran tierras incultas y despobladas, en respuesta a un choque externo positivo, espoleado por la llegada masiva de turistas y de inversiones. Se trata de un proceso de creación de valor y de riqueza que se autosostiene, se convierte en más empleos, inversiones y ganancias, y se alimenta a sí mismo hasta que llegue a agotar su potencial.

El desarrollo de los pueblos lleva tiempo. Requiere elevar el nivel medio de educación y de salubridad, invertir en la infraestructura, así como consolidar la institucionalidad.

La autoridad, su nivel de compromiso y de comprensión de su rol, así como su capacidad de ejecución, es un eslabón fundamental en la cadena de transmisión hacia la superación de las taras sociales. Si las autoridades (nacionales y locales) lo hacen bien, encaminan a su pueblo hacia el progreso, pero si no son capaces ni entienden su rol, y fallan, lo hunden en el fango del subdesarrollo, hacinamiento y pobreza. Hay estadios intermedios, eslabones transitorios.

La autoridad reguladora no está sola, no opera en el vacío, sino sobre la estructura económica y social. Cuando esa estructura recibe un impulso masivo (turismo e inversiones) y encuentra desarrolladores dotados de clarividencia para impulsar sus propios intereses al tiempo que favorecen los ajenos, se crean condiciones favorables para un avance socioeconómico que podría conducir a un salto hacia el desarrollo, siempre que ambas esferas, pública y privada, caminen en la misma dirección. Si no lo hacen puede que haya avances, pero con predominio de la exclusión y de la arrabalización en áreas determinadas.

En el polo de referencia, en Punta Cana y Cap Cana, se observa un crecimiento económico espectacular junto a ganancias cualitativas.

Por su parte, en el entorno de Bávaro se produce un crecimiento igual de vigoroso, junto a los malos hábitos que perviven. Se nota que allí el regulador soberano local está condicionado por las fortalezas y debilidades del sistema político institucional. Y contagiado del virus y malas prácticas que explican el propio subdesarrollo. Posee el potencial de dar un salto cualitativo si las circunstancias lo permiten y el azar lo promueve. Si se mirara en el espejo de Punta Cana podría mejorar su propio entorno y reforzar prácticas inclusivas en ambos.

Hacer que ambas esferas de la región, y otras que se agreguen, actúen integradas en un círculo virtuoso, nos situaría un poco más cercanos al progreso compartido.

Se crean condiciones favorables para un avance socioeconómico que podría conducir a un salto hacia el desarrollo, siempre que ambas esferas, pública y privada, caminen en la misma dirección. Si no lo hacen puede que haya avances, pero con predominio de la exclusión y de la arrabalización en áreas determinadas.

Eduardo García Michel, mocano. Economista. Laboró en el BNV, Banco Central, Relaciones Exteriores. Fue miembro titular de la Junta Monetaria y profesor de la UASD. Socio fundador de Ecocaribe y Fundación Siglo 21. Autor de varios libros. Articulista.