¿Qué es peor, la religiosidad o la inmoralidad?

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NOTICIACRISTIANA.COM.- La religiosidad puede ser incluso peor que la inmoralidad, porque a diferencia de otros pecadores, el religioso en su apariencia de piadoso, es un pecador vacunado contra el arrepentimiento.

Mateo 11: 23-25 nos indica cómo hasta Sodoma podría tener más oportunidad de arrepentimiento, que los ultrareligiosos judíos de Capernaúm.

Según el versículo bíblico, esto se debe a que en Cafarnaum muchos tuvieron la oportunidad de ver milagros, pero no creyeron.

Esto es lo que hace la religiosidad: Bloquea el arrepentimiento de los pecadores y promueve un sentido de justicia, basado en una vida que te ciega de tu verdadera condición espiritual.

Dos males de los religiosos

Entre los diferentes aspectos negativos que tienen los religiosos, existen dos que perjudican terriblemente su relación con Dios: El orgullo y la justicia propia.

No tenemos justicia propia. Imaginar que esto es posible es un gran error. La Palabra de Dios declara que todos somos como los impuros.

Parte de Isaías 64:6 dice: “Cuando mostramos nuestros actos de justicia, no son más que trapos sucios”.

Cuando se trata de orgullo, sabemos que Dios no quiere que nadie se regodee. Esta es una de las razones por las que la Biblia dice que somos salvos por gracia, no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8,9).

Las prostitutas más cerca del cielo

Jesús dijo una vez que las prostitutas están más cerca del reino de Dios, que los religiosos de su época.

“Les aseguro que los que cobran impuestos para Roma y las prostitutas, entrarán antes que ustedes en el reino de los cielos. Porque Juan el Bautista vino a enseñarles el camino de la justicia, y ustedes no le creyeron; en cambio, esos cobradores de impuestos y esas prostitutas sí le creyeron. Pero ustedes, aunque vieron todo esto, no cambiaron de actitud para creerle”, (Mateo 21: 32).

Al igual que los fariseos de los días de Jesús, hoy pecamos por nuestra religiosidad. Aprendemos a hablar y a comportarnos con aires de buenos cristianos, y así encubrimos nuestra desobediencia.

Se concluye, entonces, que no sirve de nada pasar horas sentados en la iglesia, escuchando la Palabra de Dios, actuando como alguien que dice sí a todo lo que nuestro Padre celestial nos pide, si entonces no hacemos lo que Él nos ha mandado hacer.


Texto extraído del libro «Hasta que nada más importe» de Luciano P. Subirá.


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