¿Qué precauciones debemos tomar?

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Las economías de Estados Unidos y Europa se están desacelerando bruscamente a medida que aumenta el riesgo de recesión. Hiperinflación, recesión, colapso de los mercados bursátiles, devaluación del dólar, escasez de alimentos, atascos en el transporte y más ajustes de tarifas.

¿Pero qué hay de cierto en estas predicciones?

Todas ellas se basan en dos factores: el resurgimiento del COVID-19, especialmente en China, y la guerra entre Rusia y Ucrania que parece no tener fin a la vista, creando ambos una tormenta perfecta.

Si la guerra terminara en pocos meses todas estas predicciones se derrumban, incluso si el COVID sigue causando contratiempos. Pero si la guerra se prolonga indefinidamente, algunas de esas predicciones pueden producirse inevitablemente a corto plazo.

Por ejemplo, la Fed, en su última subida de tipos, dijo que haría tantos ajustes de tipos como fueran necesarios para reducir la inflación. Sin embargo, creo que los estadounidenses tendrán que vivir en el futuro con una inflación de entre el 3,5% y el 4% y olvidarse del 1,5%-2% que prevaleció durante años.

¿Y la economía? La FED dejó claro que una recesión global es altamente probable.

Y la recesión es sinónimo de desempleo, pobreza y más déficit y deuda porque si la guerra se intensifica y hay más recortes en el suministro de materias primas, los esfuerzos de la política monetaria para controlar la inflación se neutralizarán, y a partir de ahí, el cataclismo está a un paso.

¿Hay conciencia de todo esto?

Precisamente, ese es el mayor problema. Muchos creen que todas estas predicciones son sólo alarmas que se las llevará el viento, mientras el consumismo sigue creciendo y presionando los precios.

Por mi parte, no creo que tantas mentes brillantes se equivoquen y hablen de un panorama sombrío del que nadie escapará, sin tener ninguna base para ello.

Mientras tanto, el gobierno dominicano debe seguir congelando los precios de los combustibles, aumentar las prestaciones sociales, revisar periódicamente la tasa de política monetaria para evitar la fuga de capitales y, si es necesario, elevar la deuda pública en un 1% del PIB en 2022 (unos 60 mil millones) para asistir a los más vulnerables durante el resto del año.

No hay otra salida para vadear la crisis con el menor daño posible, siempre y cuando los motores que impulsan nuestra economía, aunque ralenticen su revolución, no se detengan para mantener la estabilidad macroeconómica que hoy disfrutamos, empañada por una inflación importada que pesa sobre los bolsillos de la gente.